Sobre el estado del Estado en Venezuela

Sobre el estado del Estado en Venezuela gy VictormPpggGmaiI I $eapa,1R 14, 2016 85 pagcs Un enfoque cultural Raúl González Fabre, S. l. Sinopsis El presente escrito busca las causas culturales de la disfuncionalidad del Estado venezolano. Propone la existencia de un profundo conflicto secular en lo más íntimo de nuestra cultura, analiza su estructura y consecuencias, para concluir explorando algunos caminos de resolución histórica.

Introducción: la conciencia compartida sobre la crisis venezolana La crisis nacional ha ido emergiendo a la conciencia compartida de los venezolanosl a través de etapas sucesivas, cuya onsideración puede resultar util ara entender cómo estamos desvelándonos a nos manos nuestro desti por la mayoría. A la altura de 1983 n crisis económica de c PACE 1 orgs Sv. içx to View nut*ge s para tomar en las ás insospechadas reducirse a una sobrevaluación de la moneda, el sobreenfriamiento de la economía y de una mala programación (por decirlo eufemísticamente) de los pagos de la deuda pública externa.

Cambiar a los hombres en el gobierno parecía a la mayor parte de los votantes remedio suficiente en un país que, se repetía a menudo, es enormemente rico en recursos uyo precio se esperaba creciente o, al menos, estable. La caída de los precios del petróleo un par de años después nos colocó ante una crisis económica estructural. La mala gestión de los recursos públicos (de nuevo un eufemismo) se agudizó a lo largo del periodo Lusinchi, pero en la opinión de un número creciente de personas con influencia, el cambio de hombre hombres ya no resultaba suficiente.

Era preciso cambiar además las estructuras económicas del país, para racionalizar la administración pública y la empresa privada, despertando las fuerzas productivas adormecidas. En el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez se planteó de manera políticamente seria la necesidad de una reforma estructural de la economía. Fueron encargados para ello un grupo de economistas ilustrados dispuestos a utilizar el poder estatal para redefinir importantes relaciones sociales, e incluso las espontaneidades de acción subyacentes a esas relaciones. Sobre este intento habremos de volver más adelante, pero importa destacar aquí Cuando se habla de «conciencia compartida» nos estamos refirien do no a la conciencia moral, sino a lo que en inglés se expresa con awareness. El participio «compartida» se refi ere a la opinión pública en el sentido de opi- nión común, no de opinión publicada. Siempre hubo personasy p equeños grupos con capacidad para ver las profundidades de la cnsls adveniente más allá de lo inmediato.

A tales predisposiciones espontáneas, no reflexivas, para la acció n es a lo que llamaremos en adelante «cultu- ra», cuando no dependen del temperamento o la biograffa moral d e cada uno, sino que las reciben en sus pro- cesos de socialización primaria todos los integrantes de una unidad de convivencia. Se trata obviamente de Sobre el estado del Estado 5 que incluía explícitamente un cambio cultural profundo. Lo cierto es que el intento del equipo de Miguel Rodríguez provocó una severa crisis política, y descendimos como pueblo un escalón más en la comprensión de lo que está en juego en este momento histórico.

Ya no sólo los hombres a cargo del Estado, ni las estructuras administrativas, sino el sistema político mismo se tambaleó, poniéndonos a un paso de una dictadura que hubiera sido recibida posiblemente con regocijo popular, en principio al menos. La coyuntura resultado del proceso 1989-92 se salvó con un par de hábiles maniobras, al osto de un incremento notable de la abstención electoral y del rechazo masivo a las instituciones políticas características del sistema, fenómenos ambos en los que permanece agazapada la crisis política.

La presidencia de Rafael Caldera, tiempo de tregua politica para la democracia de Punto Fijo, permite al observador cuidadoso destapar un nuevo recoveco de la crisis nacional, un nivel más profundo incluso que el económico estructural o el político (ambos aún sin resolver). Su manifestación primera se encuentra en la incapacidad del gobierno para controlar el aparato del Estado. Hasta 1994, cuando los funcionarios públicos incumplían sus deberes o transgredían la ley, la mayor[a de los venezolanos sospechaba de una orden, o al menos una complicidad, gubernamental.

Nuestro sistema político tiene sus reglas y sus formas aceptadas de violar las reglas a favor de los relativamente poderosos en cada nivel, y esto no es desconocido para nadie. Comoquiera que ya no resulta posible el crecimiento simultáneo del bienestar de todos los estratos sociales, que facili 85 resulta posible el crecimiento simultáneo del bienestar de todos los estratos sociales, que facilitó otrora el ingreso fiscal petrolero, quellos con verdadero poder en nuestra sociedad lo emplean para crecer ellos en bienestar a costa de los demás.

Hasta aquí todo era comprensible con facilidad. Puede estarse de acuerdo con esa percepción o no, pensarse que detecta la entraña del sistema político venezolano o bien que se refiere a sólo unos pocos corruptos, introducir matizaciones… pero puede comprenderse la historia de malvados y sus víctimas que narra. No fue Rafael Caldera el primero desde 1973 en elegir para ministros a personas de una trayectoria que dificultaba pensarlas como cómplices de los malvados» o como beneficiarios directos, ya políticos, ya económicos, del malfuncionamiento del Estado.

Pero una novedad se ha presentado en este periodo (no sólo en el gobierno central, también en gobiernos locales como la Alcaldía de Caracas): en vez de negar, silenciar o encubrir que tal o cual departamento administrativo no funciona, los ministros mismos denuncian al aparato estatal a su cargo como un fraude a la nación, y en privado, a veces también en público, confiesan su impotencia para resolver la situación.

Dada la configuración politica de este periodo, parece difícil pensar que ello se deba a un oicot organizado desde Acción Democrática (único partido en capacidad para realizarlo una acepción restringida del término, que puede vincularse a otra s acepciones más amplias provenientes de la antropología cultural o de la antropología filosófica. 4 85 2 a escala de todo el Estado), o que en realidad los ministros disfrazan con sus quejas operaciones turbias en orden a constituir una nueva fuerza política.

Aquí y allá sucederá alguna de las dos cosas, o una tercera igualmente inteligible desde esquemas sencillos, pero en general más bien cabe sospechar que el aparato del Estado fectivamente se está escapando del control del gobierno en muchas de sus instancias (no sólo del Gobierno Central), justamente aquellas instancias más complejas que tienen encomendadas funciones vitales en nuestra sociedad, como la salud, la educación, la seguridad interna y la justicia.

Organismos estatales de ejecución y de control parecen haberse ido desarticulando progresivamente, de manera que quien ha de gobernar se encuentra como un maquinista cuya máqulna no le responde: da la orden a través del tablero de mandos, y no puede tener certeza de que será efectivamente cumplida; activa el mecanismo e control interno de emergencia, y no puede estar seguro de si los encargados de sancionar al ineficiente, al rebelde o al corrupto dentro del aparato del Estado, lo harán, o más bien repartirán beneficios con aquellos a quienes debían sancionar.

Y si esto puede ocurrir a menudo con las obras públicas y con los suministros de los hospitales, en las aduanas y en el sistema nacional de identificación, dentro de las policías y también de la Guardia Nacional, en cada compra y cada venta que el Estado realiza, en cada operación de control y cada papel s 5 que debe emitir una oficin aremos que la dificultad otaremos que la dificultad más severa para quien ha de gobernar en Venezuela no consiste en diseñar políticas consistentes con un programa ético sobre la sociedad que los venezolanos deseamos, sno en hacerse con la parte del aparato estatal a su cargo y ponerla en condiciones de ejecutar alguna política pública; la que sea, pero alguna. Antes lógicamente de encaminarnos según algún rumbo, el maquinista ha de tener dominio sobre su máquina.

Se afana entonces el ministro, el gobernador o el alcalde en seguir personalmente cada caso, en hacerse presente en cada operativo (necesario donde no hay ecanismo que opere rutinariamente), en sortear las infinitas dificultades que las leyes y los sindicatos oponen a la sustitución de funcionarios, en buscar colaboradores de su confianza personal en medios administrativos donde no se puede confiar en quien, por oficio y por función, se debería. Finalmente, se afana el ministro, el gobernador o el alcalde en desechar el aparato estatal existente, sea la policía o la dirección de rentas de Hacienda, y montar otro paralelo que sí responda, que al menos le responda. Estos procesos nos van descubriendo un nivel de la crisis nacional ás profundo que los anteriores: la deconstrucción en curso del aparato del Estado revela un conflicto cultural hondo, sin cuya resolución un cambio de personas en el gobierno, incluso un cambio de régimen politico, resultarla salida ilusoria. Ambas cosas serán necesarias quizás, pero no suficientes.

Aun cambar de proyecto nacional, un giro ideológico en el sentido de las ideologías hasta ahora en juego en Venezuela, carece de sentido si el aparato que toda sociedad moderna 6 5 hasta se da a si rmsma para realizar su proyecto colectivo, el Estado nacional, sufre de una parálisis interna que no puede pensarse ácilmente como resultado de una voluntad política. Una parálisis más difícil de entender que con sólo una historia de buenos y malos. El objetivo al que apunta nuestro escrito consiste en identificar las raices culturales subyacentes a este fenómeno, poniendo de manifiesto su extensión social y sus consecuencias, para concluir discutiendo algunas líneas generales de resolución, que tal vez podrían resultar útiles como condiciones para cualquier programa político que pretenda la superación de la crisis venezolana.

Una crisis cultural Si hemos anotado que en el fondo de la inoperancia del Estado no e encuentra una voluntad política identificable, que bastara con quebrar para salir del atolladero, no por eso hemos de pensar que no se halle voluntad ninguna. La hay, pero su forma no se agota en la presencia de unos pocos instalados en el poder fáctico, que preferirán ver hundirse al pars antes que abandonar ese poder. Aunque estos sujetos existen en cada nivel de la administraclón pública (también del sector privado) y sin arrebatarles el poder con el que bloquean las transformaciones o negociar con él, no habrá salida, la voluntad a que nos referimos es otra.

Se trata de espontaneidad deliberadas (en ese sentido, sólo parcialmente tiempo que resultan muy extensamente compartidas en nuestra sociedad, tanto como para poder ser consideradas parte de nuestra cultura, tal vez el núcleo de nuestra cultura política. He aqui el conflicto cultural: conflicto entre lo que deseamos y lo que cotidianamente hacemos, de manera irreflexiva pero no involuntaria en el sentido de forzada, sino por el contrario, muy espontánea, muy nuestra. Según nuestra opinión, la entraña de este conflicto consiste en una contradicción entre las exigencias culturales de la modernidad que aspiramos a alcanzar omo nación, y algunos rasgos nucleares de nuestra forma tradicional de abordar las relaciones pollticas. ara exponer el punto, deberemos examinar en paralelo cada uno de esos dos términos, con especial atención a la institucionalidad del Estado. La modernidad de Occidente La modernidad consiste en una propuesta cultural del Occidente europeo, cuyos antecedentes pueden encontrarse en los dos últimos siglos de la Edad Meda, con la ruptura que el nominalismo operó entre la fe y la razón, y la aparición consiguiente de estilos nuevos de pensamiento (por ejemplo, el «principio de economía» de Guillermo de Ockam) y de espiritualidad (la devotio moderna de Tomás de Kempis). Como resultado principal de aquella primera ruptura, vino la emancipación de lo humano respecto a lo divino, aun dentro de sociedades enteramente cristlanas como fueron las europeas hasta el siglo XVIII.

Algunos momentos claves de ese proceso de emancipación (o desintegración, según quién lo juzgue) vienen dados por el concepto nuevo de la ciencia natural propuesto por Fra relativización de la moral 8 5 respecto al éxito en la ciencia natural propuesto por Francis Bacon; la relativización de la moral especto al éxito en la competencia politica que Nicolo Maquiavelo expresó en El Príncipe; la nueva fundación de los saberes a partir del individuo en René Descartes; la concepción del poder como resultado del conflicto en Thomas Hobbes; la reducción del conocimiento a lo referible a la experiencia sensible, según David Hume; el análisis de la sociedad economica a partir de un solo principio que intentaron Adam Smith y sus continuadores inspirándose en la filosoffa natural de Isaac Newton; la crítica epistemológca y la propuesta de fundamentación racional de la oral de Immanuel Kant; la proclamación de la diosa Razón en el teísmo de los ilustrados revolucionarios franceses; la inmanentización del Espíritu en la historia en la obra de G. F. Hegel; la inversión de su discurso en el materialismo de Karl Marx; y la reinterpretación cientista del progreso de la humanidad a cargo de Auguste Comte. Esta larga lista de ilustres pensadores, cuyas ideas fueron matrices hasta nuestros dias de muchas otras derivaciones bien conocidas, señala la profundidad de un fenómeno cultural. Pero la modernidad no constituyó sólo un acontecimiento en el mundo de las ideas, sino que partir de esas ideas se realizaron intentos de transformación de la vida y sociedad humanas de envergadura asta entonces. El hombre su existencia. La onda expansiva de la modernidad ha venido alcanzando al mundo entero, conforme la cultura del Occidente moderno lo ha hecho.

Las expediciones comerciales, el establecimiento de colonias comerciales y luego de protectorados, la invasión más sutil de los medios de comunicación y los mercados globales, son sólo algunos momentos de este alcanzar Europa al resto del mundo. Lo cierto es que los pueblos de América Latina, Asia y África (en ese rden cronológico) fueron aceptando tanto las ideas modernas acerca de la humanizacón (a través de las libertades individuales, del desarrollo tecnológico, del crecimiento económico), como aceptaron el Estado nacional por manera propia de configuración política, y alguna forma moderna, al menos en apariencia, de institucionalidad para ese Estado. A mediados del siglo XX, la pretensión de los ideólogos modernos parecía haberse visto confirmada.

La modernidad era tenida por una etapa histórica superior, a la que todos los pueblos eran llamados, de la que podían esperarse niveles de humanización nunca antes onocidos. El reconocimiento de la modernidad como camino universal de progreso señalaba el punto de madurez de una idea: la razón se basta a sí misma para guiar la vida del hombre. Las tinieblas de la tradición, la costumbre, la pasión, la religión… parec(an en curso de ser definitivamente vencidas. El momento de madurez histórica de la modernidad vino a coincidir con el inicio de su descomposición en Occidente, en un proceso de crisis bien conocido que no recordaremos aquí en detalle. Las dos guerras mundiales y la depresión de los años 30 mostraron a Occidente los demonios desatados