El conflicto entre la ética católica y la ética protestante

El conflicto entre la ética católica y la ética protestante Al tiempo que en la América española se cristalizaba, en las eyes de Indias, el espíritu de justicia propio del pensamiento católico tradicional, en Europa comenzaba una revolución que habría de afectar las bases éticas, económicas y sociales sobre las cuales se construyó el gran edificio del catolicismo medioeval.

Los historiadores suelen registrar, con actitud de asombro, los complejos fenómenos del Renacimiento, como si pensaran que ellos tienen algo de inusitado o de fantástico en la historia humana Nada justifica este asombro Las energías y pasiones ue hicieron su explosión en el Renacimiento fueron las energías y pasiones del hombre de todos los tiempos, cuando consigue desembarazarse de las restricciones de la ética o la religión El que los hombres aspiraran a enriquecerse ilimitadamente y a disfrutar, sin trabas, de los bienes de este mundo, nada tenía de extraordinario o de inusitado.

La sorpresa se podría justificar, en cambio, con respecto a la que vivió el hombre de la Edad Media, cuyos apetitos de lucro fueron frenados durante siglos hasta el extremo de que la economía medioeval adquirió las inconfundibles apariencias de una economía casi estática.

Sólo cuando se reconoce la eficacia que tuvieron los frenos religiosos sobre los instintos económicos del hombre medioeval, se puede entender la naturaleza de los tres grandes movimientos ocurridos en los siglos XV y XVI – el Renacimiento, la Reforma y la Contra- reforma -, cuyas c to page consecuencias vivimos y padecimos en América, porque al tiempo que los conquistadores españoles, hombres típicos del Renacimiento, desataron en nuestro suelo el reinado del espíritu del lucro, fue también en la América española donde se efectuó uno de los más trascendentales experimentos de la Contra- eforma: las misiones jesuitas.

Para comprender estos grandes acontecimientos de la historia occidental, debemos preguntarnos, primero, cómo fue posible que el hombre medioeval aceptara durante siglos los frenos que la ética le impuso a sus instintos más espontáneos, comenzando por la ambición de riqueza y el afán desmedido de lucro.

La respuesta se encuentra en la naturaleza misma de las grandes religiones mesiánicas, entre las cuales figura, en primer plano, el cristianismo. La esencia del mesianismo no es, como frecuentemente se supone, la simple creencia en la venida futura de un Mesías, sino ás bien la convicción de que ella coincidirá con el fin del mundo y que este acontecimiento habrá de producirse en un lapso relativamente próximo.

Esta honda vivencia religiosa, llamada en Teología «convicción escatológica», domina la vida espiritual de las primeras comunidades cristianas e imprime su tinte de fervor característico a las prédicas de los Apóstoles, después de cumplido el grandioso drama de la vida y el sacrificio de Jesús. «Por lo demás – dice San Pedro en su Primera Epístola – el fin de todas las cosas se va acercando.

Por tanto sed prudentes velad en la oración por su parte, Santiago advierte en su Epístola: «Tened también vosotros paciencia, confirmad vuestros corazones, porque la ven advierte en su Epístola: «Tened también vosotros paciencia, confirmad vuestros corazones, porque la venida del Señor se acerca Y San Juan describe, con tremendo dramatismo, el fin del mundo y presenta a los ojos del creyente «el nuevo cielo y la nueva tierra» que habrán de emerger del cataclismo purificador que acompañará la venida del Mesías: «Y vi un cielo nuevo y tierra nueva – dice porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron…

Ahora, pues, yo, Juan, vi la ciudad santa, la nueva Jerusalem descender del cielo por la mano de Dios… No habrá ya muerte ni llanto, ni alarido, ni habrá más dolor, porque las cosas de antes son pasadas (Apocalipsis XX). La gran expectativa mesiánica engendró una nueva espiritualidad sobre el cuerpo exánime del escepticismo clásico y condujo a los hombres de Occidente, estremecidos por la «emoción escatológica», a adoptar una actitud de total desprendimiento ante los bienes de este mundo.

La vida terrenal adquirió la significación de mera etapa preparatoria para esperar la próxima legada del Mesías y la historia humana halló su símbolo expresivo en la concepción de «Las Dos Ciudades», de San Agustín. «Está escrito – dec[a el Obispo de Hipona – que Caín fundó la ciudad terrenal; pero Abel, verdadero tipo del peregrino, del viajero, no hizo lo mismo.

Porque la ciudad de los Santos no es de este mundo, aunque hace nacer a sus ciudadanos en él para que cumplan su fugaz peregrinaje, hasta que llegue la hora del Reino de Dios Centradas todas las expectativas de la existencia en la Ciudad de Dios, la vida propiamente terrenal perdió importancia se a existencia en la Ciudad de Dios, la vida propiamente terrenal perdió importancia y así pudo afirmarse, en el marco de la conducta humana, una ética rigurosa, fundada en un apasionado amor al prójimo y en el repudio categórico de toda idea que fincara la conquista de la felicidad en el apego a las riquezas materiales. ? El cristiano – decía San Agustín – no debe abundar sino reconocerse pobre. Si tiene riquezas debe saber que éstas no son riquezas verdaderas… Seamos pobres y entonces seremos saciados. Dios no mira el haber sino la codicia y ve que el mendigo anhela cosas temporales y le juzga según la codicia o según los haberes que no le ha sido posible conseguir…

No te llames a engaño ni sueñes carnalmente con una tierra que lleva leche y miel, fincas, amenas, huertos fértiles y sombreados; no sueñes alcanzar tales cosas, que suele codiciar aquí el ojo de la avaricia. Pues siendo la codicia raíz de todos los males, hay que extirparla La gran vivencia religiosa del mesianismo domina toda la Edad Media y se manifiesta en las concepciones de la Parusia, del Milenio y tantas otras, que representaban las sucesivas elaboraciones intelectuales de la creencia en el próximo fin del mundo.

La influencia que ellas tuvieron en el pueblo, explica suficientemente las numerosas aclaraciones que al respecto hicieron los Padres de la Iglesia y la necesidad en que se vio todavía el Pontífice León X, en el quinto Concilio dé Letrán, de amenazar con la pena de excomunión a quienes anunciaran con «fecha fija» el fin del mundo. Hubo también factores, típicamente económicos, que en forma decisiva contribuyero el fin del mundo. decisiva contribuyeron al arraigo del ascetismo medioeval.

La tremenda desarticulación introducida en el cuerpo geográfico del mundo clásico por las Invasiones de los bárbaros y la completa aralización del comercio, a causa de la vio lenta ofensiva del Islam en el Mediterráneo – la gran vía de comunicación del mundo clásico -, sitiaron a la Cristiandad y la Europa occidental – dice Pirenne – volvió al Estado de región exclusivamente agricola. La tierra fue la única fuente de subsistencia y la única condición de la riqueza… Los bienes muebles ya no tenían uso económico alguno…

En este mundo saturado de tensiones espiritualistas, cuya economía había perdido toda complejidad, le fue posible a la Iglesia efectuar un cambio revolucionario en las nociones radicionales sobre la riqueza, los medios de conseguirla y la manera de usarla. El fin de la actividad económica dejó de ser la simple ambición de lucro para contraerse a la satisfacción de las necesidades esenciales. El atesoramiento de bienes materiales se miró con desconfianza, juzgándolo síntoma de avaricia, y se trató de que la actividad económica se rigiera por la súplica evangélica: «El pan nuestro de cada día dánosle hoy».

La producción, el uso del dinero, la propiedad, los contratos, etc. , fueron sujetos al fin superior de la salvación y la economía, como tal, debió someterse la ley Moral. La teoría de los precios se vinculó a los costos de producción y no a la acción de la oferta y la demanda, y se intentó acomodar el salario a las necesidades de los ob la acción de la oferta y la demanda, y se intentó acomodar el salario a las necesidades de los obreros y no a los requerimientos de los productores.

El problema central que se debatió en el campo de la ética económica medioeval fue el de la usuras El ataque masivo realizado contra los usureros por los teólogos, canonistas y Concilios, se comprende por el problema de carácter religioso planteado por la usura. Cobrar por ayudar al prójimo y servirse de la miseria y las necesidades ajenas para derivar utilidades, se consideró un pecado capital y los Concilios Ecuménicos de Lyon, en 1274, y de Viena, en 1312, promulgaron la más severa, legislación contra los usureros Se les excluyó de la comunidad católica y se prohibió su entierro cristianó.

Sus testamentos se declararon nulos y ningún individuo, ni sociedad, podían arrendarles casas, ni tener comercio alguno con ellos. A los magistrados que en las Cortes reconocieran eficacia jurídica a los contratos de que se servían los prestamistas para isfrazar sus operaciones, se les conmino con la excomunión. De acuerdo con las disposiciones del Concilio de Viena, los usureros sólo podían librarse de las penas pronunciadas contra ello si se avenían a restituir las ganancias obtenidas por la usura.

No quiere ello decir que los principios normativos reflejaran exactamente la realidad social de la Edad Media. La continua lucha de la Iglesia contra las prácticas económicas de la época demuestra que tales principios se desconocían frecuentemente y la insistencia de los Concilios , en prohibir la usura a los eclesiásticos, permite suponer que elles no eran ajenos, Concilios , en prohibir la usura a los eclesiásticos, permite suponer que elles no eran ajenos, como no lo fueron, a una actividad tan mal mirada por teólogos y canonistas.

Se cometería un error, sin embargo, si de este reconocimiento se pretendiera deducir que las doctrinas de la Iglesia no tuvieron efecto alguno sobre la conducta, del hombre medioeval. Todo lo contrario. Los «bárbaros» que salieron de los bosques del Norte o de las planicies desérticas del Asia y se precipitaron, como fieras de presa, sobre el mundo occidental, adoptaron gradualmente, gracias a la profunda religiosidad de la Edad Media, unos éticos ue otorgaban protección a los humildes contra los abusos de los poderosos.

El odio que profesaba Federico Nietzsche al cristianismo le permitió comprender, como pocos han comprendido, la profundidad de la obra realizada por la Iglesia y en su famoso libro, «El Anticristo», consignó estas brutales sentencias, que constituyen la mejor defensa de la Iglesia Católica: « Lo que hizo posible él cristianismo no fue, como se cree, la corrupción de la Antigüedad noble. Nunca se combatirá bastante la imbecilidad de los sabios que sostienen semejantes tesis.

En la época en que las capas de parias enfermos y orrompidos se cristianizaron en todo el imperio romano, el tipo contrario, la distinción, existía en su forma más bella y acabada. La mayoría se hizo entonces señora; la democracia de los instintos cristianos obtuvo la victoria… Dios en la cruz, ; no se comprende la terrible intención que hay detrás de este símbolo? Todo lo que padece, todo lo que está colgado, de la cruz es divino…

El q 7 se detrás de este símbolo? Todo lo que padece, todo lo que está colgado, de la cruz es divino… El que las razas del Norte de Europa no rechazaran al Dios cristiano, es cosa que verdaderamente o honra a su don religioso… El cristianismo se puso del lado de lo débil, de todo lo bajo, de todo lo fracasado, y formó, ideal en oposición a los instintos de conservación de la vida fuerte.

En el cristianismo figuran en primera línea los instintos de los esclavos, de los subyugados y los oprimidos; las castas más bajas son las que buscan en él su salvación… Otorgar la inmortalidad a Pedro y a Pablo ha sido el atentado más monstruoso contra la parte noble de la humanidad… Nadie tiene hoy la osadía de los privilegios, de los derechos de dominación y del sentimiento de las distancias. El sentimiento aristocrático ha sido minado subterráneamente por la mentira de la igualdad de las almas…

El ideal de la Edad Media, fundado en el principio de que la sociedad es una entidad espiritual y no una máquina económica, fue sistematizado en las trascendentales disposiciones del Derecho Canónico sobre la usura, y en sus definiciones del «justo precio», el «salario necesario» y la «ganancia legítima». Este ideal alcanzó su expresión más completa en el libro monumental de un monje salido de una de las Ordenes religiosas fundadas por el genio español: el dominico Tomás de Aquino.

La famosa «Suma Teológica» de Santo Tomás, cuya grandeza conceptual pod[a hacer pensar que ella serviría de preludio de una nueva época, sólo alcanzó a ser el epílogo de la Edad Medial Cuando el monje dominico resumía toda la experiencia a sólo alcanzó a ser el epilogo de la Edad Medial Cuando el monje dominico resumía toda la experiencia acumulada por la sabiduría medioeval, ya comenzaban a sentirse esos ruidos sordos y subterráneos que anuncian la proximidad de las grandes revoluciones.

Tomás de Aquino no los oyó y en la paz de su celda conventual continué escribiendo el libro que sellaría con singular agnificencia el final de una gran época. Su obra no tuvo mayor influencia por la súbita modificación de las condiciones que mantuvieron durante siglos el delicado equilibrio social de la Edad Media. Esas condiciones comenzaron a transformarse cuando las Cruzadas restablecieron el contacto entre Europa y el Oriente, se redujo la presión del Islam y pudo reanudarse el comercio en el Mediterráneo.

Entonces el espíritu de lucro reapareció con inusitado vigor y el contacto con el lujo oriental despertó de nuevo en el hombre europeo la ambición de disfrutar de na existencia grata y confortable. Un mundo que había estado privado largamente de la abundancia y del lujo, absorbió con voracidad los productos de civilizaciones más refinadas y a través de ellos adquirió un concepto distinto de la riqueza.

El precio justo, la ganancia legítima y el interdicto de la usura perdieron su eficacia restrictiva y la balanza comercial de Europa con Oriente se tomó deficitaria y hubo de compensarse con el flujo de metales preciosos que venían de América. El comercio dio origen a gigantescas fortunas y los Fúcar, los Welser y los Médicis, para o citar sino los principales, convirtieron el oficio de los usureros de la Edad Media en el núcleo central d principales, convirtieron el oficio de los usureros de la Edad Media en el núcleo central de la actividad económica de la nueva época.

La tierra reseca de la Edad Media, azotada por vientos de espiritualismo ascético, se vio humedecida, irrigada, por una corriente de vitalidad hedonística, por una desenfrenada gula de bienes materiales. Esa tierra reseca se convirtió en selva y de esa selva emergió de nuevo el hombre sin frenos éticos, la magnífica estia de presa, cuyos modelos serían los «condottieros» italianos, los conquistadores españoles, los piratas ingleses, los negreros portugueses y los comerciantes y banqueros alemanes e italianos.

El proceso llegó a su culminación cuando un miembro de la familia Médicis, de esa familia que hizo fortuna y construyó su poderío con la práctica de la usura, se ciñó la Tiara Pontificia y se sentó en el trono de San Pedro. Fue Giovanni de Médicis quien goberné a la Iglesia como León X – el autor de la famosa Bula, de 151 7, en la que se autorizó la venta de Indulgencias para inanciar la construcción de la Basílica de San Pedro.

El Renacimiento, por eso, presenta dos caras bien distintas para el historiador, como las presentó para los cronistas de la época: de un lado se advierte la esplendidez y el lujo de las minorías enriquecidas en las especulaciones comerciales y en la banca y del otro se entrevé la extremada miseria de las multitudes. Una miseria bien distinta de la antigua pobreza de la Edad Media; una miseria que no era el resultado de la estrechez general de una época sino de la franca explotación de los desposeídos por los nuevos ricos, quienes ah 0 DF 58